Caía la tarde y se avecinaba la Navidad. La tarde que caía, una tarde de lunes oscura y fría, teníamos nuestro taller de Rincones. Embutidos en los abrigos, bufandas, las manos en los bolsillos, esperábamos como siempre la bajada de Irene y un poco taciturnos echamos a andar. Por una vez, por esta vez, ignorábamos nuestro destino, mas pendientes de nuestro destino que de nosotros mismos. Dejamos atrás Menacho, la casa de la Soledad y la estatua del Porrina. Cogimos a la derecha un callejoncito estrecho y con poca luz. Mi mente pueblerina lo catalogó como poco recomendable. Deprimida, casi pesimista, lamentando haber salido y estar en el taller, y cuando ya no esperaba nada agradable de semejante sitio, nos topamos con una puerta oscura, la silueta de una Menina en Latón y unas letras desiguales en rústica que nos indicaban que ésta era la pequeña galería de arte que estábamos buscando. Casi en tromba entramos al local. Suelos antiguos, butacas de mimbre, en lo que había sido z...